Diciembre

No puede empezar el mes si no te nombro. Por cada letra que desaparece cuando tu sonido hace contacto con el viento

y desaparece.


Porque las tardes son hondas cuando huyo de tu mirada fría y calculadora. Y nada podría volverme más loca que tú dejándome al frente de la casa, con los niños esperándonos para tomar once y dispuestos a contarnos cómo les fue en el colegio. El único pero

es que no hay niños
ni cartas de amor
ni nada que certifique
que una noche como hoy
estuviste conmigo

Acurrucado en mi hombro porque tenías flojera de enfrentarte al mundo. Y paseabas tu mano por mi pelo aleonado para dejarme más chascona, para tocarme el alma con cada uno de tus sentidos. Pero llega diciembre y te escurres por entre los días. Siempre me ilusioné con noviembre, ya sabes. Jamás he tenido un noviembre desocupado, y me ilusiono justamente porque pienso que en diciembre comienzan las vacaciones y el tiempo de ser feliz, de esa felicidad que viene acompañada de risas, de tonteras, de mucha comida y salidas.

Pero este diciembre otro gallo cantará. No habrá tiempo de comportarse como enviado del maldito Viejo Pascuero, porque a nadie le interesan los duendes tristes, porque nadie quiere acurrucarse con una frente como la mía, porque este año no fue casualidad que el sol resultara esquivo.

Tú lo sabías y no le contaste ni a Iván Torres. Y nos tuviste a todos engañados creyendo que podíamos soñar con un mejor porvenir. Uno que no llegó porque nos contaron por interno que en realidad no existía. Era una utopía que creí porque la insertaste en mi cerebro con un simple suspiro que diste el pasado diciembre

cuando estas palabras no tenían fecha de nacimiento.

Sur

Vámonos al paraíso cuando termine de escribir para que El Cielo sea testigo de todas las cabezas de pescado que anoté en ese cuaderno, cuando Jesús, María y José eran un equipo unido, vestidos de marinero y con zapatos de charol.

Y cuando aterricemos mojémonos los pies en las pozas, porque no sería paraíso si no las hubiera, y entonces también cacemos animalitos para que después los soltemos como nunca antes lo hicimos en Santiago, porque acá está prohibido comer carne si crees en El Cielo, estos tipos nunca fueron a un lugar como el tuyo, porque nadie está dispuesto a viajar mil kilómetros al sur y adentrarse otros miles de pasos por caminos raros que no son caminos en realidad sino pasto grande, como para hacer un Pelotón mejor que todos los anteriores. Nadie sabe cómo llegar, ni menos que murió un león en tu pecho, y todo porque el pobre león era curioso. ¿Sabes? Me enteré que era un cachorro cuando eso le pasó y los cuervos se vengaron en tu vientre por desgraciado. Eso es lo que pasa cuando no te pones señalización. ¿Puedo transitar por aquí señor? Y yo esperaría que me dijeras sí, para poder abrazarte, besarte y morderte el alma antes de irme de la ciudad, pero no hay ningún letrero cerca tuyo y me cuesta visualizarte entre tanto barro y muchedumbre.

¿Estás ahí?

Como una nave impertérrita me sacudes los extremos con suavidad inusitada para que te devuelva los últimos gramos que te quedé debiendo con el chocolate que me compraste cuando tenía hambre. Uf, no sabes el hambre que tenía, y cuando llegué seguí comiendo porque sabía que el día de hoy llegaría y tendría que tener listas las maletas para irme contigo. Pero no estoy lista todavía y El Cielo nos espera sin brazos ni besos. Quiéreme tal como soy para que volvamos a ser felices, para que podamos ir a caminar, trotar, correr, saltar allá afuera, no acá adentro, porque de algún modo vamos a estallar, lo sé, y no quiero ni pensar la deuda que nos va a quedar cuando se desate la hecatombe. No dijimos que sería fácil, pero qué más da, vámonos por favor, luego, que Santiago está a punto de colisionar contigo.

Orcas

Si nos hubiéramos vestido de amarillo te aseguro que nadie nos habría confundido, y el paseo hubiera resultado más entretenido sin que los pseudo japoneses intentaran cazarnos en cada movimiento que dábamos cuando a nadie más que a nosotros se nos ocurría vestir así, como personas rellenitas con dejos de orca en sus actitudes. Pero insististe, y yo en mi intento por aminorar el dolor de cabeza que me producías dije ok, pero me arrepentí cuando te vi los ojos brillantes y manipuladores debajo de los lentes. El sudor que comenzó a recorrerme era muy tibio y retrocedí unas palabras y te contesté que no, que no tenías por qué colocar esa cara redonda de globo deforme para convencerme de todos tus malditos caprichos.

Cuando avanzó la micro, nos pusimos a saltar como locos, porque ésa era una de las amarillas que habían sido pintadas blancas, que podrían pasar piola bajo el agua o algo así. Yo creo que fue en el momento del frenazo donde nos convertimos en ballenas, porque vi que de tu boca salían pececitos de colores, tiernitos y amorositos que se te quedaban atrapados entre los dientes, porque lo tuyo es la maldad y el devorarte tu entorno, si no no me explico cómo cresta fui a caer al lado tuyo cuando en la micro estaban todos intentando huir de ti. Tenías la pinta más espantosa del mundo y me dio vergüenza escapar, así es que dejé que me llevaras por el océano porque tenía miedo de morir de angustia, y de pronto, plaf, cloc, pliv, tlutz, lots, dopz.

Tu llanto.

Y la micro volvió a serlo. Ya no había agua, el motor volvía a sonar por debajo de las otroras piedras submarinas. A la gente le dio pena y nos pasó unas monedas que tiramos en la también otrora fuente de los deseos. ¿Te contaron que se cumplen los deseos? Yo cuando chico había soñado ser una ballena gigante y hoy se me cumplió contigo, contigo, con nadie más que contigo. Y perdóname la rudeza, pero no hallaba dónde esconderme cuando vi que los pececitos los estabas reservando en realidad para mí, para el día en que me decidiera a caer en tus brazos. Yo decía que no, que no, que contigo no. Pero no me sirvió escupir al cielo porque me morí con la inundación de escupos ese día. Y la micro de mierda se fue dando saltitos, el motor dejó de sonar y la hueá funcionaba igual.

No te decía yo que parecemos ballenas cuando salimos vestidos de cualquier color que no sea amarillo.

Ningún título

dieciocho de noviembre 2009

Me parece importante poner fecha porque Nadie le da la importancia que tiene realmente.

Entonces, en siete años, si es que no he cerrado este blog, me acordaré de este instante y evocaré un noviembre sin sol, el primero o último de los sin sol y con lluvia que quizás vengan (pero eso no podré saberlo hasta esa futura vez).


P.S. No me parece pertinente que esta entrada tenga título. Nunca los pongo, ¿por qué ahora tendría que ser la excepción?