La típica noche de primavera. Tú mirando hacia el lado este de la carretera. La luz ficticia que nos entregaba la ciudad empapelada en cemento. Las estrellas que se alineaban para decirnos algo. El sudor que no se notaba con el frío de la noche. Los autos iluminándonos a ratos la cara cansada, opaca de muchas molestias reprimidas.
De pronto tú saltando frente a un objeto en movimiento.
Verte caer, herido. Correr en cámara lenta hacia ti y mirar los ojos ocultos en el cielo que están observando nuestra desesperación. Ignorar por un momento frío, dar paso a las emociones sin que necesariamente nos desahoguemos. Mentir y decir que hay una salvación en tu rostro perdido, como si el accidente no ocurriera todos los días, como si nunca tuvieras esa molestia sensación de que te irás de pronto, sin contestar mis llamadas, mis preguntas absurdas.
-Buenas noches.
Acostarse, taparse hasta el mentón para sentirnos cubiertos. Encontrarte mucho tiempo después, en otro sueño. Alborotarme junto a ti. Recorrer esa desnudez censurada por la luz del día, por los productos de belleza, por todo lo que nos inhibe en esas horas inmaculadas, pendientes de cálculos, de costos, de trabajo, de miseria, de rutina.
Mirarte con la nariz tocando el rostro y no tener nada que decir. Mera contemplación para dormirse otra vez, consciente de que al despertar nada de eso habrá pasado. Porque en algún momento la noche dejó de alinear sus luces, para que pudieras escapar a la intimidad que te agrada sólo a ratos.
En definitiva: ser el bicho raro. Coquetear con tu sombra, prescindiendo de ti. Sabotearte los mejores años y volver al nicho.
Observarte con la misma cara y que el tiempo se separe del espacio. Alejarnos del cronotopo para ser menos horas
y menos ciudad.
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